
Japón experimentó en 2024 su mayor retroceso demográfico desde que existen registros comparables. El país perdió cerca de un millón de habitantes debido a una combinación de baja natalidad, alta mortalidad y un acelerado envejecimiento de su población. Esta crisis estructural llevó al primer ministro Shigeru Ishiba a calificar la situación como una “emergencia silenciosa” y a prometer cambios en las políticas públicas para apoyar a las familias y mejorar el equilibrio entre la vida laboral y personal.
De acuerdo con cifras oficiales, el año pasado nacieron 686,061 bebés, la cifra más baja desde 1899. En contraste, se registraron aproximadamente 1.6 millones de fallecimientos. Con estos datos, el país encadena ya 16 años consecutivos de disminución poblacional, agravada por una tasa de fertilidad que cayó a 1.15 hijos por mujer, muy por debajo del umbral de reemplazo de 2.1.
La pirámide demográfica muestra un fuerte desequilibrio. A fecha de 1 de octubre de 2024, la población total de Japón se estimó en 123.8 millones de personas, un 0.44% menos que el año anterior. El grupo etario de entre 15 y 64 años representa el 59.6% de la población, mientras que los mayores de 65 años alcanzan el 29.3%, una proporción superada únicamente por Mónaco. Este envejecimiento tiene implicaciones directas sobre las finanzas públicas: más gasto en pensiones y salud, y una base de contribuyentes activos cada vez más reducida.
Además, la disminución poblacional no ocurre de forma homogénea. Zonas rurales y pueblos enteros se están despoblando, mientras se acumulan cerca de 9 millones de viviendas desocupadas —alrededor del 14% del total del parque habitacional—, según el último informe del Housing and Land Survey.
En respuesta, el Gobierno ha implementado diversas medidas para fomentar la natalidad: subsidios para familias, licencias parentales, cuidados infantiles más accesibles y esquemas laborales más flexibles. Durante su discurso de política general, Ishiba reafirmó su compromiso con estos cambios, incluyendo el impulso al trabajo a tiempo parcial y los llamados “work intervals” para mejorar la calidad de vida laboral. No obstante, advirtió: “sin bienestar tangible para las familias jóvenes no habrá cambio de tendencia”.
Expertos apuntan a causas más profundas que obstaculizan la recuperación demográfica: el estancamiento salarial, el elevado costo de vida en áreas urbanas, las largas jornadas laborales y la persistencia de roles de género tradicionales que asignan a las mujeres el cuidado del hogar. A esto se suma una tendencia a casarse menos y a edades más avanzadas entre los jóvenes, lo cual repercute directamente en la baja de nacimientos.
Frente a este escenario, Japón explora tres caminos: incrementar la productividad para compensar la menor fuerza laboral, adaptar su Estado de bienestar al nuevo perfil demográfico y abrirse, con cautela, a una mayor migración. De hecho, al cierre de 2024, el país alcanzó un récord de 3.77 millones de residentes extranjeros con estatus regular, lo que representa alrededor del 3% de la población. Entre las medidas más recientes figura una visa para nómadas digitales que permite estancias de hasta seis meses, aunque el debate sobre inmigración sigue siendo políticamente delicado.



